Tras miles de años huyendo del dolor, ahora estos científicos buscando una piel artificial capaz de sentirlo. Y tiene sentido

Tras miles de años huyendo del dolor, ahora estos científicos buscando una piel artificial capaz de sentirlo. Y tiene sentido
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Hace más de seis mil años, los sumarios consumían hulgil para calmar el dolor. El hulgil (o ‘planta de la alegría’) es la primera referencia que tenemos del opio, pero nuestra historia con el dolor viene de antes. Los restos arqueológicos de la cueva de El Sidrón, en Asturias, señalan que hace ya 49.000 años los neandertales masticaban corteza de álamo, fuente natural del Penicillium y del ácido salicílico (‘materia prima’ de la aspirina), para hacer frente a las infecciones.

De hecho, si hacemos caso a la psicología comparativa, huir del dolor es algo que está grabado a fuego en nuestra naturaleza más básica. Por eso el 16 de octubre de 1846 cambió el mundo: nacía la anestesia moderna, escapábamos por fin del dolor.

Pero ahí empezaron las sorpresas. Durante estos 160 años hemos comprendido que aunque evitar el dolor sigue siendo un imperativo médico (moral, incluso), no podemos vivir sin él. Tanto es así que los investigadores que trabajan en prótesis robóticas se dieron cuenta de que no sólo se necesita recuperar movilidad o sensibilidad, se necesita también sentir dolor. Aunque parezca contraintuitivo.

La utilidad del dolor

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En el laboratorio de Nitish V. Thakor de la Johns Hopkins lo saben bien y por eso están tratando de construir una mano protésica que sienta dolor ante la incredulidad de la opinión pública (y muchos de sus colegas). Sin embargo, y por contraintuitivo que parezca, tienen buenos motivos.

El dolor es útil. Tenemos casos de insensibilidad congénita al dolor documentados a lo largo de la historia, pero nadie les prestó demasiada atención hasta los años 30. Y en muy poco tiempo, los médicos ya se habían percatado de que este tipo de trastornos eran un problema serio. Muy serio.

Está documentado que los bebés con insensibilidad al dolor pueden llegar a masticarse los dedos y provocarse heridas muy considerables. Tampoco es raro ver que las historias clínicas de estos pacientes están llenas de quemaduras por agua hirviendo, congelaciones o cortes. Aprender a evitar el peligro se vuelve una tarea casi imposible.

Salvando las distancias, algo parecido, ocurre con la inmensa mayoría de prótesis (por muy avanzadas que estas sean). A menudo nos encontramos con prótesis dañadas de forma accidental. A veces en situaciones casi absurdas y muchas otras porque “se usan como herramientas para las que no fueron diseñadas”. Paul Brand y Philip Yancey lo explicaron muy bien en 1993: “el dolor no es nuestro enemigo, sino un explorador leal que nos avisa del enemigo”.

Más allá de la utilidad

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Pero quizás lo más interesante es que lo crucial no es la utilidad. El dolor está tan íntimamente ligado a nuestra experiencia del mundo que sin él tenemos problemas para aprehenderlo. Tanto es así que el dolor fantasma es un personaje recurrente en la experiencia de las personas que pierden un miembro por una razón u otra. Pese a que el miembro ya no está, los pacientes siguen sintiéndolo.

Está muy bien visto, porque por eso las prótesis suelen ser solo herramientas, ajenos y fríos instrumentos. No son (ni pueden ser) una parte del cuerpo. Justo esa es la reflexión de los pacientes que han probado la nueva prótesis de la Johns Hopkins: "Después de muchos años, sentí que mi mano ya no era una cáscara hueca. Se llenó nuevamente de vida", dice uno de los testimonios que recogen en el Laboratorio. 

Y es que, pese a que durante años ha sido el patito feo del estudio de la percepción, el tacto es algo realmente complejo. Algo lleno de receptores que aportan información sobre la presión, la textura, la temperatura o la dureza del mundo. El dolor nos conecta al mundo porque, como con los erizos, nos permite estar cerca del fuego sin quemarnos. ¿Qué otra cosa sino eso es la vida?

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